viernes, 16 de enero de 2009

Con qué quedarse

De él recuerdo su voz cansada y pausada, como de sabio. Su mirada triste y decepcionada. Su trato gentil y amable. Sus maneras correctas y decentes. De él recuerdo la atención con la que me escuchaba. Lo fácil de su conversación, lo variado de sus temas.

Lo recuerdo bien.

Recuerdo cuando lo conocí.
- Disculpe, caballero ¿Está ocupado este asiento? - me preguntó y acto seguido, pasamos casi un día entero compartiendo mundos que a veces tenían que ver con nosotros y a veces se distanciaban de nuestras naturalezas. Compartimos viaje en aquel guajolotero que hacía su ruta entre Oaxaca y Palenque, entre huacales llenos de tomates y gallinas cacareando, rodeados de lo más humilde del campesinado mexicano, con hombres con machete, sombrero, huarache y morral, niños mocosos y enfermos, señoras embarazadas con un chamaco en el rebozo y ancianos curtidos en sol con arrugas como zurcos en la cara.

Le calculé unos 55 años, yo tenía en aquel entonces unos 36. Él, vestido muy sencillamente, con corrección. Yo normal, lo normal que puede ser un clase mediero que quiere pasar desapercibido en un guajolotero. Él, casado, a punto de enviudar, cáncer. Yo, casado, en proceso de divorcio, incompatibilidad de caracteres.Él, dos hijos, grandes ya, con la ilusión de ser abuelo. Yo, tres, pequeños, con la ilusión de no perderlos.

Gracias a él, a su conversación, a su humor, a su buen decir, me perdí de ver los incontables paisajes que hay en ese revoltijo de montañas llamado nudo mixteco. Pero gracias a él, un mestizo con sangre mixteca,me acerqué más a lo humano.

Como caballos de corrido, galopando con su conversación que nos acompañaba, atravesamos ríos y valles, cruzamos los nudos de las montañas y llegamos al calor del istmo. Galopando, galopando, con su conversación sobre lo divino y lo cotidiano, sobre lo universalmente válido, fuimos viajando.

Paramos a comer. Lo invité, aceptó. Un calor insufrible, moscas y alacranes. Un comal, un anafre, bastante masa y manteca. Un caserío y una casucha a manera de estación. Polvo.Una tlayuda para cada uno. Una pepsi casi caliente para cada uno y nada más.

Nos encaramamos de nuevo en el autobús-camión-baño-sauna de olores variados e inenarrables.Continuamos el viaje.

Recuerdo que me comentó que regresaba a la comunidad donde vivía, donde trabajaba.Regresaba de ver a su esposa, enferma, con poco de vida, en casa de su hija y su bendito yerno. Regresaba a su comunidad para continuar ganándole a la superstición un espacio para la cordura, para la sensatez, para la lógica, para el bien pensar y para el bien hacer, para que su comunidad tuviera lo que es de todos por universal, el pensamiento, por humano; pero ganado ese espacio universal de cordura y humanidad sin olvidar lo minúsculo, lo cotidiano, lo privado, lo particular, lo propio de allí.

Cuatro horas en la sierra y no sé qué tantas horas en el istmo, y nosotros envueltos en nuestra sangoloteada plática en el guajolotero, hablando sobre el ethos mixteco y sus posibilidades en la cultura universal.

Cansados, después, llegamos a otro pueblo olvidado de Dios. Se despidió muy cortesmente, como era todo en él y se apeó. Recuerdo que me contó que ahí finalizaba apenas la mitad de su camino. Le quedaba por recorrer, andando, otro trecho, caminito del indio, caminito cuesta arriba, rumbo hacia donde se pierden el racionalismo, la cientificidad y los pensamientos modernos.

Recuerdo que le pregunté:
- ¿Con qué se quedaría usted cuando termine su viaje? -
- Con la esperanza, haciendo - me respondió. Guardó silencio y concluyó con los ojos nublados.
- Pero es que la gente es tan mala, tan mala.

No me dijo su nombre, pero recuerdo su profesión: maestro rural.

jueves, 8 de enero de 2009

Nieve y noche

Bien, pues aquí estoy recobrando esta vieja manía mía olvidada por momentos. Manía liberadora, insistente, pacificadora, manía mía, la de escribir sintiendo.

Me envuelvo en velos de nieve y mantos de noche.

Nieve: Velo blanco. Tímida aurora. Tiritante regocijo.
Noche: Sombra. Manto negro. Protagonismo.

Manto y velo ondeando al aire, oscuro, recubriendo el suelo, gélido.

Noche y nieve.
Ambas juntas, sombra negra, frío intenso.

Nieve: Desquicio veraniego. Risa de Moscú, catástrofe de chabola. Efímeros copos cabalgando al tiempo.

Noche: Sempiterna, omnipresente. Erotismo, más, misterio, complicidad, permanencia, ausencia, estrellas, lágrimas, olvidos.

Oscuridad y frío con su marcha, caen, duermen y al tiempo, yacen.

Me llegan la nieve y la noche, me envuelvo de nuevo en esta manía olvidada por mí, por momentos - la de escribir sintiendo-; me llevan, noche y nieve, a la oscuridad de mis adentros y en su marcha me dicen que solo tengo una noche fría para mellar de nuevo los sentimientos.

Nieve y noche, salvado hoy yo, por la calidez en compañía de dos musas fugaces y frías.

jueves, 13 de noviembre de 2008

Unos pajaritos mancos

Hay imágenes de la realidad que me han causado fuertes sentimientos de repulsión en el estómago, porque son inimaginables, pero suceden.

Unos ejemplos de entre miles de imágenes para explicarme:

Dos policías linchados chamuscándose y un niño, entre la multitud, que los mira sin inmutarse; un buitre junto a un niño de dos años: el niño sentado en un descampado, solo, famélico y enfermo, con moscas en la cara y el buitre esperando paciente a que se muera; unos soldados armados hasta los dientes viendo cómo corre una niña desnuda con la piel ardiendo en NAPALM; un secuestrador-hiena, declarándose cínicamente culpable por haberle cortado un dedo a su víctima, un niño de seis años, “pa’ que vieran sus padres que la cosa iba en serio”.

Estas son cosas inimaginables que suceden.

Ante estas asquerosas muestras de la realidad cotidiana, pienso en las imágenes que la humanidad se ha inventado, para consolarnos desde niños, ante lo execrable que como hombres somos capaces de generar: los pajaritos volando con sus trinos en libertad para significar con ello a las almas subiendo al cielo invitadas por Dios o los pajaritos comiendo inocentes de la mano de la Cenicienta o los pajaritos mensajeros que acompañan a las doñas frondosas y rosadas en los cuadros de Rubens o los pajaritos que cantan con el Rey David por las mañanitas en los cumpleaños.

Estas son cosas imaginables que no suceden.

No saben, gracias a estos estereotipos de fuga, la cantidad de pajaritos cuasi ángeles que me he imaginado en la vida para poder pirarme de las escalofriantes imágenes que suceden abundantemente en esta realidad, como la de los niños que les platiqué arriba.

Pero no hay manera de zafarse. La realidad siempre supera lo imaginable y la realidad sucede aunque no la imaginemos.

A pesar de que soy una persona que me imagino lo inimaginable, lo que raya en lo imposible y además en lo improbable - porque no dejo de ser patafísico, que es como me enfrento consuetudinariamente a la realidad -, nunca se me hubiera ocurrido imaginar un pájaro manco, esto es, un pájaro con una sola ala.

Imaginarme a Dios en el cielo en su cumpleaños, junto a su pastel, rodeado de almas puras como pajaritos, aplaudiendo enternecido por un cuadro en donde el Rey David estuviera rodeado de doñas frondosas y pajaritos y que Rubens habría pintado a escondidas de Dios, de mañanita cuando los pajaritos cantan, para regalárselo a Dios, junto a su pastel de cumpleaños, en la fiesta sorpresa que la Cenicienta le organizara con ayuda de sus amigos los pajaritos: si, si me lo podría imaginar; pero imaginarme a un pájaro manco, con una sola ala, volando en círculos desesperado: no, pues, no, nunca me lo hubiera imaginado. Cojo si, pero manco no, la mera verdad, no.

Yo nunca hubiera imaginado eso: un pájaro manco; pero ahora, ante la obligación de ser congruente, como el buen patafísico que soy, ya me lo imaginé.

Lo malo es que nunca pensé en que imaginar a un pájaro manco echara por tierra mi mundo de cosas imaginables que no suceden.

Así sucedió: El otro día caminado por la Castellana, rumbo al trabajo, en el suelo, casi irreconocible, y sólo reconocible por las plumas que le quedaban, ví el ala de un gorrión pisoteada hasta la saciedad e ignorada por todos los transeúntes.

Qué pena me dio imaginar a un pájaro sin ala. Un pájaro manco que ya no puede ser incluido en las cosas que imaginamos y no suceden, pero que nos consuelan.

Esta ala de gorrión pisoteada, pasará a ser de las imágenes que me causen sentimientos revueltos en el estómago, de las que escapan a mi sentido común, de las que conmueven mi fe, de las que tienen que ver con las imágenes que me restriegan en la nariz esta realidad que sucede. Porque me imaginé, muy a mi pesar patafísico, al gorrión manco, de ala pisoteada hasta la saciedad, compartiendo lugar y tiempo con esos niños de los que les platique arriba, en esta realidad que les sucede, viviendo más cerca del infierno que les generamos que del paraíso que nos inventamos.

lunes, 10 de noviembre de 2008


Eso, mucho traidor.
Yo por eso adoro a mis dos incondicionales, que aunque a veces parece una y a veces ninguna -porque se olvidan de poner sus comentarios, o no los ponen porque no les gusta mi entrada y no me lo dicen, cosa que supongo por lógica y básica inferencia - ellas siguen ahí...y se les agradece, porque eso...en este mundo de acechanzas e infidelidades, sabemos, hay mucho traidor rondando internet.























martes, 4 de noviembre de 2008

El amante de Teresa

Teresa se levantó en la madrugada con la mente puesta en vengarse de su amante.

Todo lo tenía dispuesto.

Se puso su bata, se calzó sus pantuflas con calma y salió de su habitación.

Para no hacer ruido, Teresa se escudó detrás de los arpegios forte fortísimos de los truenos que atacaban con brio el firmamento; y atravesó con cautela el corredor con rumbo al salón, escuchando el allegro andante de las gotas de lluvia rebotando contra los cristales de las ventanas. Precavida, también puso atención a todos los sonidos del piso de alcurnia en el que vivía con sus padres: el contrapunto del techo de madera con el mármol del suelo, los bemoles de las motas negras en las paredes, el compás de 2/4 del reloj de péndulo, el viento ululando en escalas ascendentes y descendentes; y el cucú, que cantaba en punto, las tres de la mañana.

Ninguno de esos sonidos le preocupaban.

Teresa se concentró entonces en sus movimientos y avanzó hasta la puerta del salón. Esa noche se vengaría del amante a quien se había entregado en devoción durante sus dieciocho años de vida.

Andando con sigilo, se detuvo al pasar frente al mueble antiguo que estaba junto a la entrada del salón. Abrió el cajón donde guardaba algunas partituras. Buscó a tientas un escoplo y un martillo envueltos en un pañuelo de seda. Los encontró, los sacó del cajón y los sostuvo con delicadeza contra su pecho. Alzó la vista y descubrió su figura reflejada en el espejo de estilo victoriano que colgaba en la pared frente a ella. Pudo ver en su reflejo a la famosa joven ex pianista, esbelta, de rasgos finos y bellos, asiendo con ambas manos un pañuelo de seda, un escoplo y un martillo. Al mirar entre sus manos los instrumentos, sintió latir su corazón con más fuerza. Teresa revivió en un instante los dieciocho años de entrega incondicional a su amante y su pasión por él. Un largo silencio de compasión le recorrió el cuerpo al escuchar dentro de ella, la música que él, el piano negro de gran cola, el único amante que había tenido en toda su vida, le había hecho sentir siempre. Teresa continuó viéndose en su imagen reflejada y entonces, reconoció algo que parecía un remedo de dedo meñique en su mano derecha. Sus ojos se volvieron a iluminar con una luz interior de odio y una sonrisa siniestra se dibujó en su cara. Sobreponiéndose a sus recuerdos, miró al espejo con rabia por intentar hacerla sentir un mínimo de compasión por su amante, el piano, y convencerla de abandonar su cometido de venganza.

Sin piedad, era lo que se había prometido y venganza, el único camino que seguiría esa noche.

Con las herramientas envueltas en el pañuelo de seda y sosteniéndolas firmemente contra su pecho, Teresa abrió las puertas corredizas del salón y se detuvo antes de entrar.

Hurgó atentamente con la vista en la penumbra. Un dolor profundo como un adagio largo en do menor la volvió a invadir, al encontrarse con los testigos y alcahuetes que desde siempre habían estado en el salón. La poltrona rococó, las porcelanas de Limoges, la gran lámpara en el techo y el jarrón chino con las calas. Todos le recordaban las horas y horas pasadas en ese salón durante las tardes de estudio y romances con el piano. Todos ellos, sus entonces confidentes y alcahuetes, parecían ahora pedirle en coro que abandonara su intención de venganza. Teresa escuchó un estribillo que le repiqueteaba en la cabeza.

- No lo hagas, Teresa, no lo hagas.

Teresa escuchó la tormenta en la noche y tragó un sorbo de amargura al pensar lo bien confabulados que estaban todos ellos en su contra. Hasta las vajillas de las bisabuelas y el busto de malaquita trataban de apelar a su sensibilidad para que se retractara, pero Teresa, esforzándose, puso oídos sordos a sus cantos.

- Buen intentó – pensó-, pero inútil.

Los miró fijamente con reproche tratando de hacerles sentir el odio que la corroía. Los alcahuetes enmudecieron.

Parada en la entrada del salón, volvió a escuchar toda la estela de sonidos que había dejado atrás: los truenos retumblando en el firmamento, las gotas de lluvia rebotando contra los cristales de las ventanas, el techo crujiendo el compás del péndulo y el viento colándose por entre las rendijas, sus arpegios, sus contrapuntos, sus bemoles, los silencios del salón y los latidos de su corazón.

Ninguno de esos le preocupaban.

Teresa cerró sigilosamente las puertas del salón y se dirigió hacia el fondo de la habitación, hasta donde se encontraba su víctima, el que fuera su amante, su único amor en 18 años: un piano de gran cola, Steinway & Sons, del siglo XIX, regalo personal de Don Theodore Steinway a su familia.

En su camino, Teresa todavía sintió cómo las alfombras persas intentaban trastabillarla y las sillas labradas retenerla por la bata. Se detuvo en medio del salón y se palpó en su mano derecha, su remedo de dedo meñique:

- Ustedes fueron testigos – gimoteó entredientes, con lágrimas de resentimiento en los ojos – ustedes son testigos – repitió - Ustedes ya se olvidaron, yo no - pensó- Yo no puedo ni podré nunca.

En aquella funesta tarde del desencuentro con su amante el piano, Teresa había perdido totalmente la movilidad del dedo meñique de su mano derecha cuando el piano había dejado caer su tapa superior, grande y pesada, sobre su dedo pequeño. En ese momento infame, la ex pianista había visto cómo se convertía su dedo meñique en un colgajo que adornaría por siempre su fina mano de pianista y cómo quedaba brutalmente cercenada, en un instante, su carrera como concertista excepcional. Atrás habían quedado dieciocho años de entrega ciega y total al piano. Atrás habían quedado, con sus únicos dieciocho años de vida, horas y horas de estudio, amores, sinsabores, sacrificios y el goce del éxtasis que sentía y hacía sentir a su público por todo el mundo, durante sus conciertos estelares.

Teresa volvió de sus recuerdos al escuchar una vez más las voces de esos testigos y alcahuetes que le suplicaban no continuar. Soltó un suspiro profundo de resignación y decidió continuar con su venganza, pero esta vez, no sin dolor y ni remordimiento. Este era para ella un desquite deseado desde mucho tiempo atrás, aunque ahora, escuchando esas voces de súplica, su venganza no le quedaba tan clara.

Teresa, echando mano de su orgullo, volvió a recordarse que no podía perdonar al piano su amante, que necesitaba vengarse, que no podía echar marcha atrás.

Se volvió y continuó su camino por el salón, pasó desdeñosa junto a todos aquellos testigos y alcahuetes. Se acercó al piano y casi al llegar a donde estaba su amante, puso con cuidado el pañuelo de seda, el escoplo y el martillo sobre una mesita auxiliar con marquetería. Se arrimó al piano y lo encaró con tristeza. Le quitó el mantón de Manila que lo cubría. Le abrió la tapa del teclado y le levantó, con gran esfuerzo, su pesadísima tapa superior – la guillotina de su dedo. Vio entonces a su amante abierto de par en par vulnerable e indefenso ante su venganza, con el salón como escenario y la mesita con marquetería como su única cómplice.

Sintió un agrio remordimiento que le recorrió todo el cuerpo al escuchar en su cabeza las voces a coro de los testigos y alcahuetes que le insistían, le suplicaban, desistir de su acción. Teresa miró al piano, vulnerable e indefenso, y dejó fluir en su corazón el amor y el sentimiento que sentía por él. Amor que todavía, era muy grande.

Bajó la mirada apesumbrada y se frotó las manos nerviosa. Sin querer, volvió a palpar su dedo meñique colgando, sin movimiento, de su mano derecha.

Teresa alzó la vista y vio al piano íntegro.

No dudó más.

Se volvió a la mesita con marquetería, tomó el pañuelo de seda y desenvolvió el martillo y el escoplo. Los levantó con tiento. Se colocó frente el teclado del piano y con su mano derecha, arrastrando su remedo de dedo meñique, recorrió ese teclado que tantas veces había tocado y al que conocía de memoria.

Teresa detuvo su mano en el do central del teclado. Lo acarició y sonrío levemente con desprecio. Tomó el escoplo y sin escrúpulos, con alivio, sin dudar, se lo clavó al piano, exactamente en la base de la tecla del do central. Con unos fuertes martillazos al escoplo, hizo volar la tecla por los aires. Un sonido seco de la madera del piano, reverberando de dolor en do sostenido, se fundió con los sonidos del piso y la tormenta. Buscó entonces, en la caja de resonancia, las tres cuerdas de acero del do central. Las encontró. Volvió a colocar el escoplo en posición y de varios martillazos, igual de certeros, le reventó las cuerdas al piano. Teresa se sintió reconfortada al escuchar cómo se esfumaban, entre ecos, los sonidos de las tres cuerdas de do central, rompiéndose, enroscándose y golpeándose contra la tapa negra del piano.

Después, imperturbable y precisa, arremetió con morbo, casi con lujuria, contra todo el mecanismo del do central de su odiado amante. El macillo, el pilotín, la báscula, el tope, el pulsador, el apagador, el agrafe, la clavija, el clavijero; todo el mecanismo de la tecla del do central - y sólo ese y ninguno otro- quedó hecho trizas en unos cuantos minutos.

Teresa se detuvo al fin con la respiración entrecortada. Observó los restos del mecanismo de la tecla y contempló por unos segundos el hueco dejado por la tecla del do central en el teclado. Respiró satisfecha al ver su venganza consumada: el do central del piano, como el dedo meñique de su mano derecha, ahora, no servían para nada.

Teresa dejó suavemente las herramientas del delito sobre la mesita auxiliar encima del pañuelo de seda. Se acicaló y se peinó lo mejor que pudo con sus dedos, ignorando al piano y a los testigos y alcahuetes en el salón. Ya más tranquila, se acomodó en la poltrona rococó aterciopelada, frente a la ventana, para disfrutar de la oscuridad de la noche. Teresa volvió a escuchar los truenos en el firmamento; las gotas de lluvia rebotando contra los cristales, el techo crujiendo, el compás del péndulo y el viento colándose por entre las rendijas. Teresa escuchó relajada la música de la lluvia confundida con los sonidos del piso y comenzó a seguir el ritmo de esos sonidos con sus dedos largos y finos de joven ex pianista: la, la, sol, re; la, la, sol re; re, sol, re; re sol re, do.

lunes, 3 de noviembre de 2008

Errores y perdones

- Dios se equivoca y tú eres el perfecto ejemplo de sus errores - me dijo mi hija un día.

Dios se equivoca y yo su equivocación, su error, su metida de pata, su cajeteada, su batea de babas.

Dios se equivoca, hija, y yo agradezco a Dios tal honor porque desde mi condición, mundanamente humana, soy de los pocos que pueden perdonar a Dios, justificadamente y sin resentimiento, por su error.

Y te lo digo, sinceramente, yo perdono a Dios, a pesar de ser el perfecto ejemplo de sus errores.

Y lo perdono, esté donde esté o no esté, porque no hay nada como perdonar a Dios, de corazón. Perdonarlo es como liberarlo de sufrir su infierno perfecto e invitarlo a disfrutar de un paraíso falible, poco divino, más humano.

Aún así, perdonar a Dios es fácil, hija. Otorgarle perdón al Diablo, requiere mucho más corazón.

Y ese para mí, hija, esté donde esté o no esté, también está perdonado.

Lo malo es que Dios no se quiere convencer de las bondades del perdón y sigue condenándolo a su infierno perfecto.

Ya vez, hija, otro error más, por el que hay que perdonar a Dios.

martes, 28 de octubre de 2008

El mero-mero-polímero

Chon decía que él era "el mero-mero" y Miguel, su jefe, le puso de sobrenombre “el polímero”.

A Chon le gustaba escuchar casetes de cumbias y música tropical a todo volumen mientras conducía su camión.También, mientras conducía su camión, a Chon le gustaba contar una y otra vez los únicos cinco chistes malos y vulgares que se sabía y desternillarse después a carcajadas como si fuera la primera vez que los escuchara.

Chon, "el mero-mero", trabajaba como chofer de un camión enorme en el cual viajaban un vendedor y su ayudante. Chon conducía el camión y el vendedor y su ayudante visitaban cada quince días los pueblitos oaxaqueños más recónditos de la Sierra Madre del Sur, para vender y entregar las siete toneladas de embutidos, carnes frías, quesos, lácteos y alguna que otra miscelánea que cabían en la bodega refrigerada del camión.

Chon era respetado por sus muchos años como conductor. Chon, “el mero–mero”, podía llevar su super camión de siete toneladas por las más estrechas carreteruchas de la Sierra Oaxaca, bajo la lluvia más atroz, circulando al borde de un desfiladero con la niebla más cerrada, mientras platicaba distraídamente, a gritos, los pleitos que tenía con su esposa por llegar tarde y borracho a casa.

Era sabido que cuando Chon ,“el mero-mero”, aparcaba su super camión de siete toneladas en uno de los pueblos perdidos en la Sierra de Oaxaca y los vendedores salían a visitar durante toda esa mañana o toda esa tarde, cuanta tienda, tiendita o tendejón hubiera en el pueblo para levantar un pedido, Chon acostumbraba a irse a la casa de su amante en el pueblo en turno para darle vuelo a su deshilachada hilacha. Chon tenía mucho pegue con las señoras de los pueblos por los que pasaba, pero nadie sabía por qué. El vendedor y su ayudante decían que era porque Chon las apantallaba con el supercamión de siete toneladas. Pero Chon decía que no, que su pegue era porque él era Chon, "el mero-mero”. Chon decía que él podía darle y a darle a una dama durante toda la mañana o toda la tarde o toda la noche. Chon decía que él era incombustible, por eso era “el mero-mero” y que por eso lo adoraban. Miguel, el jefe de ventas, era de la opinión que la fascinación de las señoras por Chon, consistía más bien en un erotismo reciproco sui generis entre él y sus amantes, ya que si a Chon no parecía importarle la voluminosa notoriedad de los pliegues en la panza de sus amantes, ni su mal aliento, ni sus mofletes sebosos, ni sus tetotas gordas y caídas, ni sus piernas obesas y varicosas, ni sus caras llenas de pelos ralos pero hirsutos; a ellas, sus amantes, tampoco parecían importarles las piernas corvas de Chon, ni su ombligo saltón, ni su metro sesenta de flacura, ni sus cincuenta y pico de años con arrugas, ni su calva mugrosa, ni sus dientes chimuelos y su nariz rota, ni sus manos grasosas, ni su olor a pescado descompuesto, ni su cicatriz en la mejilla.
Lo que si era verdad es que eso del “mero-mero”, no era un farol ni un fanfarroneo. Había veces que el vendedor y su ayudante, ya habiendo terminado de vender, descargar y cobrar, tenían que ir a buscar a Chon a casa de su amante y Chon todavía seguía dándole…y por darle y darle, se les hacia tarde para ir al siguiente pueblo…, y si se les hacía muy muy tarde, pues se quedaban a dormir en ese pueblo y si se quedaban a dormir en ese pueblo… pues Chon, vuelta a darle toda la noche. Por eso Chon decía que él era “el mero-mero” y por eso mismo, Miguel, su jefe y jefe de ventas de una distribuidora de alimentos en la ciudad de Oaxaca, le puso de sobrenombre “el polímero”.

Esa vez me acuerdo que Miguel decidió ir a supervisar al vendedor y al ayudante de la ruta 6 de ventas foráneas que cubrían la ruta Oaxaca – Huatulco - Puerto Escondido- Pochutla- Mihauatlán- Oaxaca. Chon, por supuesto, sería el conductor del camión.

Trece días habían pasado antes de llegar a Pochutla. Trece días habían pasado desde que Chon, Miguel, el vendedor y su ayudante habían iniciado el recorrido de la ruta. Atrás habían quedado Huatulco y Puerto Escondido con los pueblos intermedios y conexos de la Sierra. Era viernes antes del medio día cuando Chon aparcó su super camión de siete toneladas frente al hotelito de Pochutla.

Pochutla, famosa entre los gringos por estar cerca de la playa nudista de Zipolite, no es un pueblito de la Sierra Oaxaqueña. Pochutla es una ciudad-pueblo cafetalero en forma, de unos sesenta mil habitantes, con muchas tiendas y comercios. Por eso, la visita de ventas aquí, por lo general, les tomaba al vendedor y a su ayudante día y medio, y por eso Miguel, el vendedor y su ayudante, decidieron esta vez trabajar a todo vapor para terminar temprano el viernes, con la esperanza de dormir tranquilamente esa noche en Pochutla y emprender el viaje a Mihauatlán el sábado por la mañana.

Querían hacerlo de este modo para evitar el peligro que entraña la carretera en el tramo entre Pochutla y Mihauatlán. Querían evitar ese tramo porque por la tarde-noche se llenaba de asaltantes. Era muy peligrosa esa carretera (si ha dejado de serlo, no lo sé; pero en ese entonces era muy peligrosa). Era muy peligrosa, les digo, puesto que apenas una semana antes a este viaje, en esa misma carretera habían matado a otros compañeros de trabajo para robarles la mercancía de su camión. A los cuerpos de los compañeros - conductor, vendedor y ayudante -, los habían encontrado con mucho esfuerzo, escondidos y en estado de descomposición, entre la maleza de la Sierra.

Todos estuvieron de acuerdo con el plan. Quedaron de estar puntualmente a las 9 de la mañana del sábado en dónde el supercamión de siete toneladas, que se quedaría aparcado en la plaza de Pochutla, para salir temprano hacia Mihauatlán.

Chon a todo esto dijo que sí y se desapareció como de costumbre.

Miguel, el vendedor y su ayudante se pusieron a trabajar sin descanso el resto de la mañana y toda la tarde del viernes, y gracias a ello, el viernes a las primeras horas de la noche, pudieron terminar de vender y entregar absolutamente todos los embutidos, carnes frías, quesos, lácteos y alguna otra miscelánea que traían en el supercamión de siete toneladas. Lo que era una muy buena noticia. Vendida y entregada lo que restaba de las siete toneladas de mercancía en Pochutla, se ahorraban la visita a Mihauatlán.

Miguel, el vendedor y su ayudante, que estaban verdaderamente cansados después de trece días de ruta de ventas por la Sierra y un viernes de locos, regresaron al hotelito en donde se habían hospedado. Cenaron contentos unos tamalitos en el restaurante del hotelito, ilusionados por pensar en que para el sábado a media tarde, estarían de regreso con sus familias en Oaxaca. Además, les tranquilizaba saber que podrían cruzar por la mañana y sin mucho peligro la carretera que atraviesa la Sierra y que lleva a Mihauatlán.

Terminaron de cenar estos tres y se fueron a dormir, todos muy contentos.

Amaneció sábado. Miguel, el vendedor y su ayudante pagaron y salieron del hotel a las nueve y media. Habían quedado con Chon a las nueve en donde estaba aparcado el supercamión de siete toneladas, pero no les importaba el retraso. Conociendo a Chon “el mero-mero polímero”, ya sabían que saldrían pasaditas de las diez.

Cuando llegaron al supercamión, evidentemente, Chon no estaba. Dieron las diez y nada. Normal. Siguieron esperando. Eran diez y media y Chon no aparecía. Se hacía más tarde y de Chon ni rastro. No se desesperaron, porque a pesar de haber tomado sus debidas precauciones, no era la primera vez que esto sucedía. Le escena se repetía y se repetía en cada viaje.

- Estará dándole – comentó Miguel y ante la normalidad de su tardanza, se fueron a almorzar a un changarrito de la plaza unos huevos a la mexicana con café de ahí de Pochutla.

Terminaron el almuerzo y de Chon ni sus luces. Se pusieron a esperarlo agazapados a la sombra de un Pochote sufriendo el calor de Pochutla. Dieron las once, las doce, la una, las dos y media y de Chon nada.

- Adiós a llegar temprano a Oaxaca – dijo el ayudante.
- Igual tiene dos viejas en este pueblo, y les estará dando– dijo el vendedor.
- Igual tiene más de dos viejas en este pueblo y les sigue dando– le corrigió Miguel.

Ante tan nefasto panorama, y viendo la hora que era, decidieron ir a comer en el mismo changarrito la comida corrida que incluía ceviche y una cerveza.

Terminaron de comer y se les vino la tarde encima. Dieron las cuatro y media y Chon como si no existiera. Se preocuparon más por ellos que por Chon -que le estaría dando, como pensaban-, porque ellos no renunciaban a pasar en Oaxaca la noche del sábado y ya era la hora límite para atravesar la Sierra.

Dieron las cinco y media y cuando ya se habían resignado a quedarse una noche más en Pochutla, aparece Chon, “el mero-mero polímero”, escondido detrás de una sonrisa cínica enseñando su dentadura incompleta, visiblemente cansado, dándo traspiés con sus piernas corvas, rascándose la cabeza calva y ahora además, con ojeras.

-¿Qué pasó Chon? Tenemos todo el día esperándote - le dijo Miguel muy enojado.

- Es que fui en ca' de mi señor que tiene un bisnes por la playa del Zipolite, y el pinche gringo jijo de su no quería que me juera. Hace casi dos meses que no lo veía, y estaba muy reteencabronado el pinche güey. Quería que le diera razón y no sé cuantas mamadas - dijo Chon muy apesumbrado, con su voz aguda.

-¿Tú señor en Zipolite…un gringo? ¿Un bisnes con un gringo en Zipolite? Pero ¿Qué onda?¿Trabajas para él, Chon? ¿Tienes otro trabajo o algo así? - le preguntó Miguel enfadado como su jefe que era.

- N’ombre, no, mi señor no es mi jefe.- dijo Chon,“el mero-mero polímero”, medio riéndose tratando de contener el enfado de su jefe- Mi señor es un pinche gringo, un negro, que me ligue l’otra vez que vine, y 'ora cada vez que vengo pa' acá, voy pa’ que me dé por aí'. Nomás que hace ya harto tiempo que no nos veníamos y ‘ora que me vio, no quería dejarme ir. ‘Taba como engolosionado dándome, y yo ya no sabía como quitármelo de encima. Me tuve que juir,si no.Por eso ‘ora traigo el ojete que no me puedo ni sentar. ‘Toy rejodido.

- Ya ni la chingas, Chon – dijo Miguel totalmente aperperplejado– Tú con tus mariconadas y ahora vamos a tener que pasar otra noche en Pochutla.

- No, güey, ni madres – dijo Chon – porque si el pinche negro se entera de que voy a pasar la noche aquí, viene y me la vuelve a clavar. Vámonos y dormimos en el pueblo de La Candelaria – dijo casi suplicando – aí' tengo a una amiga viuda. Seguro que nos deja pasar la noche en su casa. Cenamos rico y a luego le doy yo a la viuda un rato por la mañana, que por eso soy Chon,"el mero- mero”.

No dijo más y se subió al camión.

Y Chon, "el mero-mero polímero”, condujo su supercamión de siete toneladas durante casi dos horas de noche por la Sierra, hasta el pueblo de La Candelaria, donde vivía su amiga viuda; con Miguel, el vendedor y el ayudante enfurruñados y temerosos sumidos en los asientos del camíon; contando a gritos una y otra vez sus chistes vulgares, escuchando su casete de música tropical; mientras platicaba los pleitos que tenía con su mujer por llegar tarde y borracho a casa; y se sobaba de cuando en cuando, descaradamente, su culillo adolorido.