lunes, 10 de noviembre de 2008


Eso, mucho traidor.
Yo por eso adoro a mis dos incondicionales, que aunque a veces parece una y a veces ninguna -porque se olvidan de poner sus comentarios, o no los ponen porque no les gusta mi entrada y no me lo dicen, cosa que supongo por lógica y básica inferencia - ellas siguen ahí...y se les agradece, porque eso...en este mundo de acechanzas e infidelidades, sabemos, hay mucho traidor rondando internet.























martes, 4 de noviembre de 2008

El amante de Teresa

Teresa se levantó en la madrugada con la mente puesta en vengarse de su amante.

Todo lo tenía dispuesto.

Se puso su bata, se calzó sus pantuflas con calma y salió de su habitación.

Para no hacer ruido, Teresa se escudó detrás de los arpegios forte fortísimos de los truenos que atacaban con brio el firmamento; y atravesó con cautela el corredor con rumbo al salón, escuchando el allegro andante de las gotas de lluvia rebotando contra los cristales de las ventanas. Precavida, también puso atención a todos los sonidos del piso de alcurnia en el que vivía con sus padres: el contrapunto del techo de madera con el mármol del suelo, los bemoles de las motas negras en las paredes, el compás de 2/4 del reloj de péndulo, el viento ululando en escalas ascendentes y descendentes; y el cucú, que cantaba en punto, las tres de la mañana.

Ninguno de esos sonidos le preocupaban.

Teresa se concentró entonces en sus movimientos y avanzó hasta la puerta del salón. Esa noche se vengaría del amante a quien se había entregado en devoción durante sus dieciocho años de vida.

Andando con sigilo, se detuvo al pasar frente al mueble antiguo que estaba junto a la entrada del salón. Abrió el cajón donde guardaba algunas partituras. Buscó a tientas un escoplo y un martillo envueltos en un pañuelo de seda. Los encontró, los sacó del cajón y los sostuvo con delicadeza contra su pecho. Alzó la vista y descubrió su figura reflejada en el espejo de estilo victoriano que colgaba en la pared frente a ella. Pudo ver en su reflejo a la famosa joven ex pianista, esbelta, de rasgos finos y bellos, asiendo con ambas manos un pañuelo de seda, un escoplo y un martillo. Al mirar entre sus manos los instrumentos, sintió latir su corazón con más fuerza. Teresa revivió en un instante los dieciocho años de entrega incondicional a su amante y su pasión por él. Un largo silencio de compasión le recorrió el cuerpo al escuchar dentro de ella, la música que él, el piano negro de gran cola, el único amante que había tenido en toda su vida, le había hecho sentir siempre. Teresa continuó viéndose en su imagen reflejada y entonces, reconoció algo que parecía un remedo de dedo meñique en su mano derecha. Sus ojos se volvieron a iluminar con una luz interior de odio y una sonrisa siniestra se dibujó en su cara. Sobreponiéndose a sus recuerdos, miró al espejo con rabia por intentar hacerla sentir un mínimo de compasión por su amante, el piano, y convencerla de abandonar su cometido de venganza.

Sin piedad, era lo que se había prometido y venganza, el único camino que seguiría esa noche.

Con las herramientas envueltas en el pañuelo de seda y sosteniéndolas firmemente contra su pecho, Teresa abrió las puertas corredizas del salón y se detuvo antes de entrar.

Hurgó atentamente con la vista en la penumbra. Un dolor profundo como un adagio largo en do menor la volvió a invadir, al encontrarse con los testigos y alcahuetes que desde siempre habían estado en el salón. La poltrona rococó, las porcelanas de Limoges, la gran lámpara en el techo y el jarrón chino con las calas. Todos le recordaban las horas y horas pasadas en ese salón durante las tardes de estudio y romances con el piano. Todos ellos, sus entonces confidentes y alcahuetes, parecían ahora pedirle en coro que abandonara su intención de venganza. Teresa escuchó un estribillo que le repiqueteaba en la cabeza.

- No lo hagas, Teresa, no lo hagas.

Teresa escuchó la tormenta en la noche y tragó un sorbo de amargura al pensar lo bien confabulados que estaban todos ellos en su contra. Hasta las vajillas de las bisabuelas y el busto de malaquita trataban de apelar a su sensibilidad para que se retractara, pero Teresa, esforzándose, puso oídos sordos a sus cantos.

- Buen intentó – pensó-, pero inútil.

Los miró fijamente con reproche tratando de hacerles sentir el odio que la corroía. Los alcahuetes enmudecieron.

Parada en la entrada del salón, volvió a escuchar toda la estela de sonidos que había dejado atrás: los truenos retumblando en el firmamento, las gotas de lluvia rebotando contra los cristales de las ventanas, el techo crujiendo el compás del péndulo y el viento colándose por entre las rendijas, sus arpegios, sus contrapuntos, sus bemoles, los silencios del salón y los latidos de su corazón.

Ninguno de esos le preocupaban.

Teresa cerró sigilosamente las puertas del salón y se dirigió hacia el fondo de la habitación, hasta donde se encontraba su víctima, el que fuera su amante, su único amor en 18 años: un piano de gran cola, Steinway & Sons, del siglo XIX, regalo personal de Don Theodore Steinway a su familia.

En su camino, Teresa todavía sintió cómo las alfombras persas intentaban trastabillarla y las sillas labradas retenerla por la bata. Se detuvo en medio del salón y se palpó en su mano derecha, su remedo de dedo meñique:

- Ustedes fueron testigos – gimoteó entredientes, con lágrimas de resentimiento en los ojos – ustedes son testigos – repitió - Ustedes ya se olvidaron, yo no - pensó- Yo no puedo ni podré nunca.

En aquella funesta tarde del desencuentro con su amante el piano, Teresa había perdido totalmente la movilidad del dedo meñique de su mano derecha cuando el piano había dejado caer su tapa superior, grande y pesada, sobre su dedo pequeño. En ese momento infame, la ex pianista había visto cómo se convertía su dedo meñique en un colgajo que adornaría por siempre su fina mano de pianista y cómo quedaba brutalmente cercenada, en un instante, su carrera como concertista excepcional. Atrás habían quedado dieciocho años de entrega ciega y total al piano. Atrás habían quedado, con sus únicos dieciocho años de vida, horas y horas de estudio, amores, sinsabores, sacrificios y el goce del éxtasis que sentía y hacía sentir a su público por todo el mundo, durante sus conciertos estelares.

Teresa volvió de sus recuerdos al escuchar una vez más las voces de esos testigos y alcahuetes que le suplicaban no continuar. Soltó un suspiro profundo de resignación y decidió continuar con su venganza, pero esta vez, no sin dolor y ni remordimiento. Este era para ella un desquite deseado desde mucho tiempo atrás, aunque ahora, escuchando esas voces de súplica, su venganza no le quedaba tan clara.

Teresa, echando mano de su orgullo, volvió a recordarse que no podía perdonar al piano su amante, que necesitaba vengarse, que no podía echar marcha atrás.

Se volvió y continuó su camino por el salón, pasó desdeñosa junto a todos aquellos testigos y alcahuetes. Se acercó al piano y casi al llegar a donde estaba su amante, puso con cuidado el pañuelo de seda, el escoplo y el martillo sobre una mesita auxiliar con marquetería. Se arrimó al piano y lo encaró con tristeza. Le quitó el mantón de Manila que lo cubría. Le abrió la tapa del teclado y le levantó, con gran esfuerzo, su pesadísima tapa superior – la guillotina de su dedo. Vio entonces a su amante abierto de par en par vulnerable e indefenso ante su venganza, con el salón como escenario y la mesita con marquetería como su única cómplice.

Sintió un agrio remordimiento que le recorrió todo el cuerpo al escuchar en su cabeza las voces a coro de los testigos y alcahuetes que le insistían, le suplicaban, desistir de su acción. Teresa miró al piano, vulnerable e indefenso, y dejó fluir en su corazón el amor y el sentimiento que sentía por él. Amor que todavía, era muy grande.

Bajó la mirada apesumbrada y se frotó las manos nerviosa. Sin querer, volvió a palpar su dedo meñique colgando, sin movimiento, de su mano derecha.

Teresa alzó la vista y vio al piano íntegro.

No dudó más.

Se volvió a la mesita con marquetería, tomó el pañuelo de seda y desenvolvió el martillo y el escoplo. Los levantó con tiento. Se colocó frente el teclado del piano y con su mano derecha, arrastrando su remedo de dedo meñique, recorrió ese teclado que tantas veces había tocado y al que conocía de memoria.

Teresa detuvo su mano en el do central del teclado. Lo acarició y sonrío levemente con desprecio. Tomó el escoplo y sin escrúpulos, con alivio, sin dudar, se lo clavó al piano, exactamente en la base de la tecla del do central. Con unos fuertes martillazos al escoplo, hizo volar la tecla por los aires. Un sonido seco de la madera del piano, reverberando de dolor en do sostenido, se fundió con los sonidos del piso y la tormenta. Buscó entonces, en la caja de resonancia, las tres cuerdas de acero del do central. Las encontró. Volvió a colocar el escoplo en posición y de varios martillazos, igual de certeros, le reventó las cuerdas al piano. Teresa se sintió reconfortada al escuchar cómo se esfumaban, entre ecos, los sonidos de las tres cuerdas de do central, rompiéndose, enroscándose y golpeándose contra la tapa negra del piano.

Después, imperturbable y precisa, arremetió con morbo, casi con lujuria, contra todo el mecanismo del do central de su odiado amante. El macillo, el pilotín, la báscula, el tope, el pulsador, el apagador, el agrafe, la clavija, el clavijero; todo el mecanismo de la tecla del do central - y sólo ese y ninguno otro- quedó hecho trizas en unos cuantos minutos.

Teresa se detuvo al fin con la respiración entrecortada. Observó los restos del mecanismo de la tecla y contempló por unos segundos el hueco dejado por la tecla del do central en el teclado. Respiró satisfecha al ver su venganza consumada: el do central del piano, como el dedo meñique de su mano derecha, ahora, no servían para nada.

Teresa dejó suavemente las herramientas del delito sobre la mesita auxiliar encima del pañuelo de seda. Se acicaló y se peinó lo mejor que pudo con sus dedos, ignorando al piano y a los testigos y alcahuetes en el salón. Ya más tranquila, se acomodó en la poltrona rococó aterciopelada, frente a la ventana, para disfrutar de la oscuridad de la noche. Teresa volvió a escuchar los truenos en el firmamento; las gotas de lluvia rebotando contra los cristales, el techo crujiendo, el compás del péndulo y el viento colándose por entre las rendijas. Teresa escuchó relajada la música de la lluvia confundida con los sonidos del piso y comenzó a seguir el ritmo de esos sonidos con sus dedos largos y finos de joven ex pianista: la, la, sol, re; la, la, sol re; re, sol, re; re sol re, do.

lunes, 3 de noviembre de 2008

Errores y perdones

- Dios se equivoca y tú eres el perfecto ejemplo de sus errores - me dijo mi hija un día.

Dios se equivoca y yo su equivocación, su error, su metida de pata, su cajeteada, su batea de babas.

Dios se equivoca, hija, y yo agradezco a Dios tal honor porque desde mi condición, mundanamente humana, soy de los pocos que pueden perdonar a Dios, justificadamente y sin resentimiento, por su error.

Y te lo digo, sinceramente, yo perdono a Dios, a pesar de ser el perfecto ejemplo de sus errores.

Y lo perdono, esté donde esté o no esté, porque no hay nada como perdonar a Dios, de corazón. Perdonarlo es como liberarlo de sufrir su infierno perfecto e invitarlo a disfrutar de un paraíso falible, poco divino, más humano.

Aún así, perdonar a Dios es fácil, hija. Otorgarle perdón al Diablo, requiere mucho más corazón.

Y ese para mí, hija, esté donde esté o no esté, también está perdonado.

Lo malo es que Dios no se quiere convencer de las bondades del perdón y sigue condenándolo a su infierno perfecto.

Ya vez, hija, otro error más, por el que hay que perdonar a Dios.

martes, 28 de octubre de 2008

El mero-mero-polímero

Chon decía que él era "el mero-mero" y Miguel, su jefe, le puso de sobrenombre “el polímero”.

A Chon le gustaba escuchar casetes de cumbias y música tropical a todo volumen mientras conducía su camión.También, mientras conducía su camión, a Chon le gustaba contar una y otra vez los únicos cinco chistes malos y vulgares que se sabía y desternillarse después a carcajadas como si fuera la primera vez que los escuchara.

Chon, "el mero-mero", trabajaba como chofer de un camión enorme en el cual viajaban un vendedor y su ayudante. Chon conducía el camión y el vendedor y su ayudante visitaban cada quince días los pueblitos oaxaqueños más recónditos de la Sierra Madre del Sur, para vender y entregar las siete toneladas de embutidos, carnes frías, quesos, lácteos y alguna que otra miscelánea que cabían en la bodega refrigerada del camión.

Chon era respetado por sus muchos años como conductor. Chon, “el mero–mero”, podía llevar su super camión de siete toneladas por las más estrechas carreteruchas de la Sierra Oaxaca, bajo la lluvia más atroz, circulando al borde de un desfiladero con la niebla más cerrada, mientras platicaba distraídamente, a gritos, los pleitos que tenía con su esposa por llegar tarde y borracho a casa.

Era sabido que cuando Chon ,“el mero-mero”, aparcaba su super camión de siete toneladas en uno de los pueblos perdidos en la Sierra de Oaxaca y los vendedores salían a visitar durante toda esa mañana o toda esa tarde, cuanta tienda, tiendita o tendejón hubiera en el pueblo para levantar un pedido, Chon acostumbraba a irse a la casa de su amante en el pueblo en turno para darle vuelo a su deshilachada hilacha. Chon tenía mucho pegue con las señoras de los pueblos por los que pasaba, pero nadie sabía por qué. El vendedor y su ayudante decían que era porque Chon las apantallaba con el supercamión de siete toneladas. Pero Chon decía que no, que su pegue era porque él era Chon, "el mero-mero”. Chon decía que él podía darle y a darle a una dama durante toda la mañana o toda la tarde o toda la noche. Chon decía que él era incombustible, por eso era “el mero-mero” y que por eso lo adoraban. Miguel, el jefe de ventas, era de la opinión que la fascinación de las señoras por Chon, consistía más bien en un erotismo reciproco sui generis entre él y sus amantes, ya que si a Chon no parecía importarle la voluminosa notoriedad de los pliegues en la panza de sus amantes, ni su mal aliento, ni sus mofletes sebosos, ni sus tetotas gordas y caídas, ni sus piernas obesas y varicosas, ni sus caras llenas de pelos ralos pero hirsutos; a ellas, sus amantes, tampoco parecían importarles las piernas corvas de Chon, ni su ombligo saltón, ni su metro sesenta de flacura, ni sus cincuenta y pico de años con arrugas, ni su calva mugrosa, ni sus dientes chimuelos y su nariz rota, ni sus manos grasosas, ni su olor a pescado descompuesto, ni su cicatriz en la mejilla.
Lo que si era verdad es que eso del “mero-mero”, no era un farol ni un fanfarroneo. Había veces que el vendedor y su ayudante, ya habiendo terminado de vender, descargar y cobrar, tenían que ir a buscar a Chon a casa de su amante y Chon todavía seguía dándole…y por darle y darle, se les hacia tarde para ir al siguiente pueblo…, y si se les hacía muy muy tarde, pues se quedaban a dormir en ese pueblo y si se quedaban a dormir en ese pueblo… pues Chon, vuelta a darle toda la noche. Por eso Chon decía que él era “el mero-mero” y por eso mismo, Miguel, su jefe y jefe de ventas de una distribuidora de alimentos en la ciudad de Oaxaca, le puso de sobrenombre “el polímero”.

Esa vez me acuerdo que Miguel decidió ir a supervisar al vendedor y al ayudante de la ruta 6 de ventas foráneas que cubrían la ruta Oaxaca – Huatulco - Puerto Escondido- Pochutla- Mihauatlán- Oaxaca. Chon, por supuesto, sería el conductor del camión.

Trece días habían pasado antes de llegar a Pochutla. Trece días habían pasado desde que Chon, Miguel, el vendedor y su ayudante habían iniciado el recorrido de la ruta. Atrás habían quedado Huatulco y Puerto Escondido con los pueblos intermedios y conexos de la Sierra. Era viernes antes del medio día cuando Chon aparcó su super camión de siete toneladas frente al hotelito de Pochutla.

Pochutla, famosa entre los gringos por estar cerca de la playa nudista de Zipolite, no es un pueblito de la Sierra Oaxaqueña. Pochutla es una ciudad-pueblo cafetalero en forma, de unos sesenta mil habitantes, con muchas tiendas y comercios. Por eso, la visita de ventas aquí, por lo general, les tomaba al vendedor y a su ayudante día y medio, y por eso Miguel, el vendedor y su ayudante, decidieron esta vez trabajar a todo vapor para terminar temprano el viernes, con la esperanza de dormir tranquilamente esa noche en Pochutla y emprender el viaje a Mihauatlán el sábado por la mañana.

Querían hacerlo de este modo para evitar el peligro que entraña la carretera en el tramo entre Pochutla y Mihauatlán. Querían evitar ese tramo porque por la tarde-noche se llenaba de asaltantes. Era muy peligrosa esa carretera (si ha dejado de serlo, no lo sé; pero en ese entonces era muy peligrosa). Era muy peligrosa, les digo, puesto que apenas una semana antes a este viaje, en esa misma carretera habían matado a otros compañeros de trabajo para robarles la mercancía de su camión. A los cuerpos de los compañeros - conductor, vendedor y ayudante -, los habían encontrado con mucho esfuerzo, escondidos y en estado de descomposición, entre la maleza de la Sierra.

Todos estuvieron de acuerdo con el plan. Quedaron de estar puntualmente a las 9 de la mañana del sábado en dónde el supercamión de siete toneladas, que se quedaría aparcado en la plaza de Pochutla, para salir temprano hacia Mihauatlán.

Chon a todo esto dijo que sí y se desapareció como de costumbre.

Miguel, el vendedor y su ayudante se pusieron a trabajar sin descanso el resto de la mañana y toda la tarde del viernes, y gracias a ello, el viernes a las primeras horas de la noche, pudieron terminar de vender y entregar absolutamente todos los embutidos, carnes frías, quesos, lácteos y alguna otra miscelánea que traían en el supercamión de siete toneladas. Lo que era una muy buena noticia. Vendida y entregada lo que restaba de las siete toneladas de mercancía en Pochutla, se ahorraban la visita a Mihauatlán.

Miguel, el vendedor y su ayudante, que estaban verdaderamente cansados después de trece días de ruta de ventas por la Sierra y un viernes de locos, regresaron al hotelito en donde se habían hospedado. Cenaron contentos unos tamalitos en el restaurante del hotelito, ilusionados por pensar en que para el sábado a media tarde, estarían de regreso con sus familias en Oaxaca. Además, les tranquilizaba saber que podrían cruzar por la mañana y sin mucho peligro la carretera que atraviesa la Sierra y que lleva a Mihauatlán.

Terminaron de cenar estos tres y se fueron a dormir, todos muy contentos.

Amaneció sábado. Miguel, el vendedor y su ayudante pagaron y salieron del hotel a las nueve y media. Habían quedado con Chon a las nueve en donde estaba aparcado el supercamión de siete toneladas, pero no les importaba el retraso. Conociendo a Chon “el mero-mero polímero”, ya sabían que saldrían pasaditas de las diez.

Cuando llegaron al supercamión, evidentemente, Chon no estaba. Dieron las diez y nada. Normal. Siguieron esperando. Eran diez y media y Chon no aparecía. Se hacía más tarde y de Chon ni rastro. No se desesperaron, porque a pesar de haber tomado sus debidas precauciones, no era la primera vez que esto sucedía. Le escena se repetía y se repetía en cada viaje.

- Estará dándole – comentó Miguel y ante la normalidad de su tardanza, se fueron a almorzar a un changarrito de la plaza unos huevos a la mexicana con café de ahí de Pochutla.

Terminaron el almuerzo y de Chon ni sus luces. Se pusieron a esperarlo agazapados a la sombra de un Pochote sufriendo el calor de Pochutla. Dieron las once, las doce, la una, las dos y media y de Chon nada.

- Adiós a llegar temprano a Oaxaca – dijo el ayudante.
- Igual tiene dos viejas en este pueblo, y les estará dando– dijo el vendedor.
- Igual tiene más de dos viejas en este pueblo y les sigue dando– le corrigió Miguel.

Ante tan nefasto panorama, y viendo la hora que era, decidieron ir a comer en el mismo changarrito la comida corrida que incluía ceviche y una cerveza.

Terminaron de comer y se les vino la tarde encima. Dieron las cuatro y media y Chon como si no existiera. Se preocuparon más por ellos que por Chon -que le estaría dando, como pensaban-, porque ellos no renunciaban a pasar en Oaxaca la noche del sábado y ya era la hora límite para atravesar la Sierra.

Dieron las cinco y media y cuando ya se habían resignado a quedarse una noche más en Pochutla, aparece Chon, “el mero-mero polímero”, escondido detrás de una sonrisa cínica enseñando su dentadura incompleta, visiblemente cansado, dándo traspiés con sus piernas corvas, rascándose la cabeza calva y ahora además, con ojeras.

-¿Qué pasó Chon? Tenemos todo el día esperándote - le dijo Miguel muy enojado.

- Es que fui en ca' de mi señor que tiene un bisnes por la playa del Zipolite, y el pinche gringo jijo de su no quería que me juera. Hace casi dos meses que no lo veía, y estaba muy reteencabronado el pinche güey. Quería que le diera razón y no sé cuantas mamadas - dijo Chon muy apesumbrado, con su voz aguda.

-¿Tú señor en Zipolite…un gringo? ¿Un bisnes con un gringo en Zipolite? Pero ¿Qué onda?¿Trabajas para él, Chon? ¿Tienes otro trabajo o algo así? - le preguntó Miguel enfadado como su jefe que era.

- N’ombre, no, mi señor no es mi jefe.- dijo Chon,“el mero-mero polímero”, medio riéndose tratando de contener el enfado de su jefe- Mi señor es un pinche gringo, un negro, que me ligue l’otra vez que vine, y 'ora cada vez que vengo pa' acá, voy pa’ que me dé por aí'. Nomás que hace ya harto tiempo que no nos veníamos y ‘ora que me vio, no quería dejarme ir. ‘Taba como engolosionado dándome, y yo ya no sabía como quitármelo de encima. Me tuve que juir,si no.Por eso ‘ora traigo el ojete que no me puedo ni sentar. ‘Toy rejodido.

- Ya ni la chingas, Chon – dijo Miguel totalmente aperperplejado– Tú con tus mariconadas y ahora vamos a tener que pasar otra noche en Pochutla.

- No, güey, ni madres – dijo Chon – porque si el pinche negro se entera de que voy a pasar la noche aquí, viene y me la vuelve a clavar. Vámonos y dormimos en el pueblo de La Candelaria – dijo casi suplicando – aí' tengo a una amiga viuda. Seguro que nos deja pasar la noche en su casa. Cenamos rico y a luego le doy yo a la viuda un rato por la mañana, que por eso soy Chon,"el mero- mero”.

No dijo más y se subió al camión.

Y Chon, "el mero-mero polímero”, condujo su supercamión de siete toneladas durante casi dos horas de noche por la Sierra, hasta el pueblo de La Candelaria, donde vivía su amiga viuda; con Miguel, el vendedor y el ayudante enfurruñados y temerosos sumidos en los asientos del camíon; contando a gritos una y otra vez sus chistes vulgares, escuchando su casete de música tropical; mientras platicaba los pleitos que tenía con su mujer por llegar tarde y borracho a casa; y se sobaba de cuando en cuando, descaradamente, su culillo adolorido.

jueves, 25 de septiembre de 2008

De huevos

Me levanto temprano con la típica perrez de las mañanas.
Me restriego las legañas para separarlas de su nido.
Me rasco los huevos, me desperezo.
Me asomo a la ventana, bostezo y miro:
Las golondrinas de ayer, se han ido.

Como todas las mañanas, me palpo la boca, me la reconozco y me digo:

- “Cuida lo que salga de tu boca”.

Como todas las mañanas.

Como todas las mañanas, camino despacio, camino hacia el baño, arrastrando mi alma, como sometido, escuchando el eco de todas las voces de los que me han precedido:

- “Cuida lo que salga de tu boca”.

Como todas las mañanas, llego al baño, mi destino.
Busco el espejo, abro la boca y en él, me miro.
Y otra vez, como siempre, encuentro ahí metidos,
a unos huevos acurrucados en su nido.

Y vuelta, otra vez, a preguntarme:
- ¿De qué carajos serán hoy estos benditos huevos?

Serán de gallina, por lo blanco,
pero no me confío, ya me ha sucedido.
Hay que esperar a que abandonen el nido.

Pueden ser de canario, con sus cantos enjaulados
de urraca agorera del brujo o la hechizera
de águila desplumada, en penacho de guerrero
de jilguero, mirlo o tzenzontle
(que hasta al Diablo alegran con sus trinos)
de gorrión vulgar por común y corriente
o del loro lenguaraz, loro maldiciente
del pirata rapaz de los mares de oriente.

Abro la boca y me miro en el espejo,
Y otra vez, encuentro, ahí metidos
a unos huevos en su nido.

Serán de gallina, por lo blanco.
Pero no me confío, ya me ha sucedido.

Pueden ser de dragón en cuento de leyendas
o de serpiente tentando al pecado;
de víboras y culebrillas durante el cotilleo
o de tortuga terrestre, lerda y aburrida.

Cierro la boca y otra vez y como siempre
achucho a los huevos
incubándolos con mi aliento.

Y los mimo mucho, con la boca cerrada,
para cuidar, como me decían,
de lo que pudiera salir por ahí, durante el día.

Pero…

Percibo de reojo los gestos del espejo
que los hace, como si me llamara.

Lo miro y me devuelve la mirada.
En silencio me habla y lo comprendo.

Hoy me pide, callando,
piedad, misericordia.
Hoy me pide para su propia historia,
una simple y llana felonía.

Vuelvo a mirarlo y con él me comprometo.

Voy al frigo, encuentro el bacon, abro el gas, saco la sartén, la pongo al fuego, echo aceite, saco a los huevos de sus aposentos, quiebro el cascarón y los frio, muy bien fritos.

Sean de lo que hayan sido
hoy me los zampo en el almuerzo,
a la salud del espejo,
aunque se me vayan por los cielos
los malditos triglicéridos.

lunes, 15 de septiembre de 2008

Una meada de leyenda.

Justo el día en que Don Severiano fue sustituido por la muy severa maestra Doña Chonita para hacer las guardias en el baño de los niños, apareció el superfenómeno de las meadas infantiles: Jorge I “La Leyenda”.

Fue el baño de los niños el único bastión al que el matriarcado docente de mi escuela primaria nunca pudo tomar.

Según se entraba a nuestro centro de peregrinaje del orín y el escupitajo, una mampara de cemento lo demarcaba del mundo exterior. Era un espacio no muy grande, un tanto oscuro y poco ventilado, el cual parecía que por pertenecernos, tendría siempre que estar sucio, mojado y oliendo a lo indecible. Detrás de la mampara había un mingitorio en el suelo de tres metros contados de largo y unos veinte centímetros de ancho rebosado de inmundicias. Teníamos, además, los gabinetes de los excusados bien pintarrajeados con consignas en contra de los maricones, rimas altisonantes y dibujitos muy vulgares y libidinosos. En ese lugar así como era, se resolvían todos los asuntos de los alumnos de sexo masculino de mi escuela.

Ahí se enfrentaban los del 5ºA contra los del 5ºB, los del 6ºA contra los del 6ºB o los del 4ºA contra los del 4ºB. Estas broncas entre bandas rivales eran poco usuales, pero a decir verdad, eran las más impresionantes. También había las típicas broncas de uno contra uno por cuestiones personales; pero esas eran muy aburridas.

Las más crueles y habituales eran las que organizaban esas temibles bandas de los 4º,5º y 6º A y B con los alumnos de los 1º, 2º y 3º.

Estos mafiosos de los grados más altos nos reclutaban a la fuerza en el patio de la escuela como matoncitos en ciernes, preguntándonos:
-¿Eres del A o del B?
Una vez escuchada la respuesta nos llevaban arrastrándonos al baño y con amenazas nos obligaban a trompearnos, uno contra uno, contra los reclutas de la banda rival.
Estas broncas eran terribles, porque los pobres niños teníamos que pelearnos para salvar a la vez, el honor de la letra, A o B, y nuestro propio pellejo…y ay de nosotros si se enteraban las maestras.

Sin embargo, por el griterío que se escuchaba en el baño durante las peleas, las maestras se enteraron y decidieron poner a Don Severiano, conserje de la escuela, a vigilarnos.

Con la anuencia de Don Severiano, a los capos de las bandas se les ocurrió entonces la genialidad de organizar concursos de meadas en el baño de los niños, para contrarrestar, de este modo, la jugada autoritaria de las matriarcas.

El concurso consistía en pararse en el extremo del mingitorio y tirar el chorro de orín para ver qué tan lejos lo llegaba cada concursante. Los capos midieron la distancia del extremo del mingitorio desde donde se paraba el concursante hasta la parte que daba a la mampara de cemento, 3 metros, y empezaron el concurso un día indeterminado.

Llegaban los concursantes, se ponían en el extremo del mingitorio, tiraban el chorro y lo medían. Los clasificados eran los que lograban alcanzar los tres metros. Los que no, quedaban fuera del concurso y se veían obligados a abandonar el baño humillados escuchando sendos pitorreos en su contra. Los empates o pleitos entre aquellos que trataban de resolverlos orinándose los unos a los otros, los decidía Don Severiano.

Por eso decidieron cambiar a Don Severianio - que no le hacía honor a su nombre-, por Doña Chonita - mujer corpulenta de voz sonora, mirada impenetrable y paso firme que machacaba el suelo como nazi marchando por los ghettos de Varsovia.

Ese día, Jorge, pequeñito e inocente como eran todos los recién ingresados de 1º, llegó, y sin más, se paró en el extremo del mingitorio, el lugar de los campeones. Jorge, chiquito y esmirriado, preocupado por no mearse encima, se sacó su gallinita con la poca habilidad que tiene un niño de seis años para encontrarse su pitito detrás de la cremallera, sin prestarle mucha atención a las burlas que hacían los capos sobre su micro asunto, que además de minúsculo, estaba circuncidado.

Antes de que comenzara a orinar los capos preguntaron:

- ¿Eres del A o del B?

El chaval dando brinquitos para contenerse y con el pitito en la mano, no alcanzó a contestar y comenzó a orinar. Su chisguete cruzó raudo y potente los tres metros de mingitorio, subió la mampara de cemento de 1.60, atravesó el metro y medio que separaban la mampara de la puerta de entrada y fue a parar a las piernas y a la falda de la maestra Chonita que se encontraba haciendo guardia en el umbral de la puerta del baño. La algarabía fue mayúscula. Todos gritamos y, sorprendidos, aplaudimos la hazaña más que asombrados. La maestra, creyendo que se trataba de otra descarada afrenta, entró al baño como batallón antidisturbios para ver quién había osado a mojarla con agua - cosa que ella creía, porque no podía imaginar la potencia del cañón con el que nos habíamos topado.

Nadie dijo nada ante los gritos de la maestra. Mudos los del A y los del B de distintos grados, guardamos todos silencio para defender como hermanos al Faraoncito Jorge, Santo pacificador, César del baño y Emperador circuncidado, que permaneció inmóvil con los ojos muy abiertos, jugando nervioso con su pitito y soportando firme la intrusión de la maestra.

La maestra se batió en retirada, sin entender la magnitud de nuestra victoria. Salió furibunda del baño de niños, escuchando nuestras burlas y carcajadas seguida por Jorge, a quien sacamos en hombros.

Desde entonces las meadas se realizaron por pura diversión, sin afán de competencia. Ya nadie podía imponer su autoridad frente a la leyenda del héroe mítico que había defendido el bastión de los niños, meándose espectacularmente sobre el mismísimo brazo largo del la ley.

jueves, 11 de septiembre de 2008

Relación elemental

Soy como el agua que limpia tu cuerpo
o como el aire que lo refresca.
Soy el fuego que te calienta
o la tierra que te acompañará un día.

Soy lo que quieras que sea
lo que deseas
sin renunciar por ello
a lo que es mío.